Y, mientras te diriges allí, dejar caer por el camino los diferentes disfraces mortadélicos que sin darte cuenta has ido sacando del bolsillo de Doraemon, siempre disponible, para pasar de puntillas sobre las situaciones. Y quedarte ·casi· en pelotas (nunca del todo, eso solo en ocasiones muy muy especiales), con un espejo delante.
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